"¡Dispárame una flecha!" gritó.
Era todo lo que decía. Insistente, sin parar.
"¡Dispárame una flecha!" 
Así que lo hice. Le disparé fríamente directo al corazón.
Calló al suelo de inmediato. Ojos en blanco. Fue ahí cuando me di cuenta de que yo no era Eros, ni él era un Dios.

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